Gracias por tanto y perdón por tan poco

 
Una mariconada más | Visité El Cucho por primera vez con 16 años, en el 2008. Fue una experiencia que me cambió la vida. Me dí cuenta que existe una realidad diferente a la mía. Que existe un lugar donde se puede agradecer sin una bolsa de Frávega en las manos. Que hay un mundo donde los proyectos no existen; donde ser, es distinto de parecer.
 
Desde antes de subirme al micro supe que quería hacer periodismo de investigación social/política, pero ése viaje fue el que me dio la motivación para darme cuenta que hay cosas que nosotros (los gringos) no podemos dejar de enterarnos.
 
Desde ése entonces supe que me iba a formar, que iba a dejarlo todo por aprender a escribir, aprender a investigar, mejorar mis habilidades retóricas y mis facultades de pensamiento. Porque había algo que valía la pena decir. Ése era mi proyecto y también sabía que llegado el momento volvería a El Cucho, como un periodista formado, sólo había que ser perseverante y tener paciencia.
 
Lo cierto es que no todo se da como uno espera, casi siempre las cosas que uno proyecta nunca llegan. A mí me pasó al revés: llegó muchísimo antes de que yo esté preparado, entonces me calcé los pantalones y salí a jugar. Tal vez sin los músculos necesarios, tal vez sin el entrenamiento apropiado, pero no podía decirle que no a semejante responsabilidad. No le temí a los golpes, sabía que vendrían.
 
Tres años después de haberlo soñado, la vida me encontró cursando la carrera de Comunicación Social en la UBA, con mucho, muchísimo qué aprender pero todas las ganas para hacerlo. De casualidad sonó mi teléfono en el mes de mayo y mis oídos escucharon otra vez ésa pregunta: ¿Me querés acompañar a Jujuy?
 
De casualidad un periodista tuvo la disparatada idea de que: “¿Vas a Jujuy? Podes hacer colaboraciones desde allá”. “¿Yo, colaboraciones?” le dije y me respondió “Sí, Pato. Colaboraciones, notas”.
 
Nunca pensé que podía, pero siempre le dí para adelante. Todo fue muy de golpe y muy, muy rápido. Pero estoy orgulloso de no haberme hecho chiquito, de no haberle gambeteado a una responsabilidad tan grande. De no haberles negado los micrófonos a mis hermanos jujeños, de no haberle cerrado el lente de mi cámara a la vida misma.

Una vez en el lugar fue todo muy fuerte y confuso. No estaba ahí para hacer mis averiguaciones, pero con mucha ayuda de quienes me reemplazaron en el proyecto, podía hacer mis escapadas para recorrer el pueblo y traer los datos importantes. Los mismos que me reemplazaban cuando me iba,  me apañaban cuando llegaba, en los momentos donde la impotencia se apoderaba de mis sentimientos.
 
Ahora sólo resta decir GRACIAS. A Martín Peralta y Lourdes Vivas por confiar en mí con este hermoso proyecto de intercambio. A Ramon Indart, un periodista que engrandece la profesion, siempre fue un ídolo y ahora también un amigo. A German Angeli, que para todos es un editor ejecutivo, para mí es un docente. Y por supuesto a todos los que lo hicieron posible: los viajeros, ésas personas que uno está seguro que no merece conocer. Obviamente, a mi familia por facilitarme todo. Siento que me dan demasiado y no puedo darles nada, perdón.
 
Por último, se los dije en la cara, lo escribo por acá aunque nunca vayan a leerlo:
gracias por abrirme las puertas de sus casas y de su corazón entero. Gracias por recibirme como un hijo, por quererme como un nieto y abrazarme como un hermano. Gracias por contarme todos sus problemas sin pedir que los solucione. Gracias por sentirme tan propio, siendo tan ajeno. Gracias, miles de kilómetros nos separan, pero hay que ser tonto para no darse cuenta que vivo con ustedes.
 
No les aseguro que yo lo pueda publicar, pero sí les aseguro que tienen mis micrófonos, mis cámaras, mis abrazos y mi corazón, abiertos para toda la vida. Mucha gente -que podría enumerar- se ha olvidado de ustedes. Yo no lo voy a hacer nunca. No porque no quiera, sino, porque simplemente no puedo. No nací con la capacidad de ser fuerte, espero no serlo nunca. Gracias.
 
Debo reconocer que sentí miedo de fallarles, sentí miedo de no estar a la altura. Nunca me pesó tanto escribir como ésta semana, nunca me costó tanto redactar. Estoy seguro que en unos años leeré éste material, revisaré todas las anotaciones y grabaciones, y voy a sentir que lo puedo hacer mil veces mejor, perdón. Sé que es muy poco pero hoy es todo lo que puedo hacer. Gracias y perdón. Gracias por tanto y perdón, perdón por tan poco.


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