Vocación mata billetera

Llegan los 18 años y por primera vez muchos jóvenes tienen que calzarse la camiseta más pesada: la de adultos. Hay que tomar, tal vez, la primera decisión de importancia en nuestras vidas: qué haremos de ellas.

Y, muchas veces, es un problema. Es que han vivido casi dos décadas con el piloto automático. Sin saberlo, asistieron al jardín de infantes; casi disfrutándolo fueron al colegio primario; y con mucho pesar terminaron el secundario. Pero… ¿ahora qué?

De movida se los ha engañado. Les enseñaron que una cosa es el trabajo y otra es el placer. Los acostumbraron a ir obligados al secundario, a sufrirlo, para recién poder hacer lo que les gusta. “Cuando hagas los deberes te conectas a la computadora”, les decían.

Y así los educaron. El primer panorama que se les asoma es continuar sumergidos en ese engaño. Trabajo y sacrificio están disociados de placer y vocación. La idea es tan tácita como tétrica: La pintura, la escritura y la música, como todo lo que tenga que ver con la cultura, son pasatiempos. Lo que importa es el trabajo que, a su vez, tiene un carácter que lo disingue: que es algo que no te gusta.

Por eso muchos jóvenes abandonaron la posibilidad de hacer lo que les gusta, lo que mejor saben hacer; de desarrollar sus cualidades, sus habilidades mayores, su faceta creativa. No conciben la vida de otro modo que no sea hacer algo que no les gusta. “No repetiría ni un solo día de mi trabajo”, dice y repite Ignacio Chaparro Calleja, el “periodista&camarero”, en el video donde cuenta su historia.

Sin embargo, el autor se equivoca en algo. Distinto a lo que recita en off, sí existe una ley natural. Lo pude comprobar.

Ayer ví un documental sobre Jorge Lanta, donde cuenta cómo creó el diario Crítica. “A veces no contratamos periodistas para hacer periodismo”, decía.”Cuando alguien tiene ganas de hacer algo, se le nota, y lo va a hacer bien porque cuando no sabe, pregunta”.

¿Cual es la ley natural? Si estas enamorado de alguna actividad, esa actividad se va a enamorar de vos. Lanata lo aclara en su video, “no hay que ser ningún erudito para darse cuenta quién tiene vocación”. Pero se lo tenes que demostrar. ¿Cómo se lo demostrás?, de mil modos. ¿A qué estas dispuesto por hacer lo que te gusta y poder vivir de ello?

Contraste absoluto. A principio de año me puse a conversar con una señora, mientras hacía una nota para este blog. Me preguntó para qué medio trabajaba. Yo le respondí que no trabajaba para ningún medio, que hacía esa nota por interés personal con el fin de publicarlo en mi blog.

Ella me contó que su hija, que ahora es mayor, estudió periodismo. Primero en la UBA, pero se fue porque “no tenia ni lugar para sentarse, tomaba clases desde el piso“. Después en TEA, pero se recibió y no la “llamó nadie” para trabajar, entonces decidió ponerse a laburar en otra cosa.

Hasta ese momento no lo había dicho, pero cuando mencionó que su hija abandonó la UBA porque no había lugar para sentarse, me dí cuenta que esa chica nunca iba a poder ejercer. Es que ni siquiera estaba dispuesta a sentarse en el suelo para ser periodista. Yo asisto a la UBA, y de llegar tarde, te sentás en el suelo. Sí, me siento en el suelo. Por los menos en los primeros años.

Finalmente entendí el funcionamiento de esta ley en algunos otros ejemplos. Entré al blog de Darío Gallo, el jefe de redacción del diario Libre. En uno de sus post escribió que “quienes no llegan a ser periodistas, son los que no tienen la vocación necesaria”.

Si amas y lo demostras, te aman y te lo demuestran. Existe reciprocidad. Ya sea tomar una clase desde el suelo, vivir en una pensión, quizá, dispuestos a pasar hambre. Sólo será cuestión de tiempo. Pero si en algún momento flaqueamos, no era amor, era ficción o última opción.

Por eso necesitamos salir del engaño. Necesitamos redefinir la palabra trabajo, lejos de disgusto. Empezar a mirarla a través de la vocación y lejos del dinero. Ya que, como indican las leyes del marketing, una persona feliz, no es un consumidor. Si somos felices por hacer lo que nos gusta, tendremos menos impulso a consumir. Sólo con hacer lo que nos gusta, “necesitaremos” de menos cosas para vivir.

Lanata, en su documental, también deja un concepto deslumbrante. Le grita a sus editores, con mucha vehemencia: “Chicos, no lo puedo creer… les falta imaginación, les falta luz. Imaginen que con cada página tienen que cambiar al mundo“.

El documental lo ví ayer por la noche, con mi hermano. Y lo escuché decir: “Patricio es un enfermo, en vez de ir a bailar con sus amigos se pone a ver un documental de Lanata”. Y tiene razón, si consideramos al amor y la vocación, una verdadera enfermedad.

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