El otro Muro de Berlín

En los primeros días de marzo me encontraba presentando el primer número de la revista Causa de Noticias en un evento de la Fundación Fhers, cuando una pregunta me tomó por sorpresa.

Tratandose de karma, meditación, respiración y astrología, logicamente el desafío era/es montar una revista que atraviese los mismos temas y con el mismo formato que una revista occidental, pero con una mentalidad mucho más avanzada: La de los orientales. Sin embargo, está dirigida a un segmento bien occidental, apto para todo público, de ahí su diseño, maquetación y agenda: No ponemos en tapa a ningún planeta, tampoco a Ravi Shankar.
“¿Sentís que tenes una lucha interna, y ahora con la revista externa, entre el accionar de un occidental y el de un oriental?”, me preguntaron durante la presentación. Me hice el superado. Respondí casi sin inmutarme. Nunca me imaginé que volvería a hacerme esa pregunta muchas veces más en muy poco tiempo, variando las respuestas y meditando exageradamente el tema. Aún lo hago con frecuencia.
“Nací en la casa de un filósofo kármico, probé el arroz integral mucho antes que el arroz blanco; tomé agua diamantina antes que probar la coca-cola; por eso no siento una lucha ni interna ni externa. Aprendí a ver las cosas desde el merecimiento antes que escuchar la palabra suerte”, respondí.

En una de mis reflexiones posteriores recordé la vez que robaron mi bicicleta: Como muchos otros días fui a entrenar al club. Llegué, dejé mi bici junto a las de mis compañeros y le avisé al guardia que no tenía candado. Subí. Entrené como cualquier otro entrenamiento. Bajé. Saludé al guardia y caminando hacia mi bicí sólo observaba la ausencia de ella. Me quedé parado, casi sin entender lo que pasaba. Por unos segundos sentí bronca y, parado en el mismo lugar, con la vista hacia la misma dirección, entendí lo que había pasado y empezaron a surgirme otros pensamientos: “¿Qué hice yo para que vengan a robarme?”, pensé.

Tenía apenas 12 años y dejé pasar por alto ese pensamiento, pero al día de hoy lo recuerdo, quizas, como la idea más lúcida que tuve en toda mi vida. Con ese pensamiento justifiqué mi accionar: Ni le avisé a mi profesor que me habían robado. Sólo le dije al guardia y averigué qué garantías me ofrecía el mismo club. “Ninguna”, esa fue la respuesta y me fui caminando. Con esa idea entendí que por algún motivo yo debía pasar por esa situación para aprender alguna otra cosa y la acepté rápidamente.
En 2010 empecé a imaginarme la revista y supe que el gran desafío era demostrar (demostrarme) que esos dos mundos pueden convivir de un mejor modo y más armonioso que separados. “¿Podremos imaginarnos a Diego Maradona meditando?”, rebotaba en mi cerebro. “¿Y a un boxeador hablando de reencarnación?”, me taladraba.

Ya para el mes de mayo de este año, me detuve a observar una de las tantas entrevistas que dio el boxeador Sergio “Maravilla” Martinez en Argentina. Un panelista de Tiene la Palabra, del canal TN, le preguntó si era verdad que él creía en la reencarnación: “Tengo mucha seguridad respecto de esos temas. Yo aprendí a boxear muy rápido, pasaron cosas en mi vida que no tienen otra explicación. Pero no me gusta referirme a eso porque quedas como un loco”, esbozó Maravilla.

En el momento lo tomé como un hecho aislado, hasta el viernes pasado. De casualidad me tocó colaborar con la sección de deportes de Perfil.com. Fui a cubrir un evento sobre liderazgo deportivo y volví gratamente sorprendido.

Un futbolista multipremiado y muy reconocido como Claudio Marangoni, invitaba a un coach en liderazgo empresarial a participar del evento. El coach, Guido Samelnik, abrió la jornada: “Me tocó couchear a un equipo que venía último y jugaba con el primero. Los senté a todos el día anterior y le dije que anotaran en un papel cuanto iban a salir al día siguiente. Todos daban resultados negativos y distintos. Les dije que no ibamos a poder jugar a nuestro mejor nivel si todos estabamos viendo partidos distintos. Entre todos nos imaginamos un mismo partido e hicimos un trabajo de visualización de una hora seguida”, contó.

Samelnik hablaba en idioma occidental. Nunca mencionó la palabra meditación grupal, nunca mostró un mándala, nunca habló del arquero zen y su filosofía aplicada al deporte. Sin embargo la estaba profesando. “Cualquiera de los que está aca puede cambiar cualquier hábito en 21 días y su vida entera en tres meses”, dijo. Claramente su filosofía iba más allá del deporte porque se refería constantemente a la necesidad de construir felicidad personal y colectiva.

En sintonía, Marangoni le dio una gran importancia al equilibrio del cuerpo y lo emparentó con el equilibrio de las emociones: Controlar las horas de sueño, la respiración, la alimentación y los pensamientos. “De esa manera se construye un círculo virtuoso entre nuestro cuerpo y nuestras emociones que nos potencia”, explicó.

Me fui asombrado de escuchar hablar de filosofía kármica, de meditación y conexión con el universo infinito, sin que se mencionen ninguna de éstas tres cosas. Y más asombrado aún con el cierre del evento: Un fragmento de la película “El Guerrero Pacífico” en la que un atleta olímpico conversa con su mente en plena competencia. “¿Dónde estas?: Aquí; ¿En qué momento?, ahora”, se preguntaba y respondía el atleta. Fue la combinación perfecta. Rimaba como porrista occidental y tenía un contenido de los más representativos de la filosofía oriental.

Todo esto lo escuché de la boca de un futbolista, frente a todas personas del mundo del deporte. Sentí que ese muro, el que occidentales y orientales supieron construir, ya no tiene mucho tiempo de vida por delante. Que los occidentales ya no creen la mentira que ellos mismos inventan y que los entendidos en filosofía oriental deben abandonar esa actitud idiotica que los aleja. Ambos se están dando cuenta.

Esos ladrillos, disfrazados de intolerancia, obsecuencia y desconocimiento tienen vida útil. Tardaron en construirse y consolidarse, aún más tardarán en morir. Pero no hay dudas que se está resquebrajando y lo veremos caer en tantos pedazos como el Muro de Berlín.

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