¿El periodista se tiene que hacer cargo de los efectos de una nota?

Supongamos que a un redactor raso, de cualquier redacción de la república Argentina, le llega un dato que podría ser publicado en su medio: a tres obreros de una construcción no le pagan su sueldo hace 5 años.

El redactor hace su trabajo. Primero se comunica con los obreros, los entrevista, revisa la documentación, averigua y chequea unos cuantos datos para completar su nota (edad, hijos, entornos, etc) y hace de esos muchos datos una buena historia. Antes de publicar, como indica una de las principales reglas del periodismo, contrasta su información: Se dirige a la constructora para que brinde sus explicaciones y desde allí le aseguran que no participaran de la nota. Entonces publica su artículo.

Efecto 1. La nota se convierte en una cantidad determinada de caracteres y fotos que ocupan espacio en el inagotable archivo de notas periodísticas. No pasa nada.

Efecto 2. La constructora directamente despide a los tres obreros sin pagarles un sólo peso de los 5 años que trabajaron. Los obreros hacen la denuncia pero todo se envuelve en trabas burocráticas y esperan por años, con su familia pasando hambre.

Efecto 3. La nota toma una fuerte repercusión pública. Por motivos indeseados, la constructora se hizo famosa y se ve obligada a regularizar su situación. Salen a declarar que fue un error en el papeleo y se ponen al día con los 5 años que les adeudan de sueldo y, para mayor satisfacción de los obreros, dejan de ser ayudantes de construcción para pasar a ser maestros mayores de obra, con un mejor salario.

¿El redactor se tiene que hacer cargo de lo que pasa después? ¿Sólo en alguno de los tres casos?¿De cuál de los tres efectos se tiene que hacer cargo? ¿De ninguno?

Desde mi punto de vista personal, para bien o para mal, lo que pase después de la publicación de una nota, ya no corre por cuenta del redactor. No sólo que los periodistas no se tienen que hacer cargo de lo que pase después de una nota, sino que tampoco se pueden hacer cargo. Los procesos que intervienen, desde la acción o desde la interpretación de un texto periodístico luego de ser publicado, son múltiples, diversos e históricos y en todos los casos exceden al trabajo del mismo redactor.

Uno de los principales conceptos teóricos que toda la sociedad debe tener en cuenta, es que la soberanía de la información la tiene la opinión pública, “el pueblo”. La información no es de los funcionarios, no es de los periodistas. Y lo que conmueve, o genera bronca, o despidos es la misma información.

La repercusión puede ser mayor o menor según cómo esté comunicada la noticia. Pero la propia repercusión se genera, en esencia, a partir de los datos no a partir de los periodistas.

Hace exactamente un año publiqué en Perfil.com (uno de los sitios de noticias más leídos de Argentina) la cruda situación que vive un pueblo ubicado a unos pocos kilómetros de San Salvador de Jujuy, pero a unos cuantos más alejado del siglo XXI. 365 días, nota y elecciones mediante, nada ha cambiado en él.

El viernes pasado redacté una crónica contando cómo los gendarmes pasarían el fin de semana largo de protesta y dando testimonio de las dificultades que afrontaban. A partir de la nota, un grupo de vecinos se acercó a llevarles alimentos “en nombre de la sociedad decente”.

Debo reconocer que ambas situaciones afectan de una forma determinante mi estado de ánimo. Aunque sé que no me corresponde la felicidad por la buena repercusión ni la tristeza de la indiferencia política. No son parte de mis obligaciones, tampoco de mis derechos.

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