El sistema está en contra de los oficios

oficioJorge Gottling fue un gran cronista. Sus compañeros de redacción lo describen como uno de los mejores de todos los tiempos. Con su oficio era capaz de escribir toda la sección de internacionales del diario donde trabajaba en cuestión de segundos y, seguido a eso, redactar una crítica de tango y una crónica descriptiva de la Ciudad de Buenos Aires antes de abandonar la redacción.

Todos cuentan que el alemán se sentaba, revisaba los cables noticiosos, hacía un par de llamados, agarraba la Lexicon 80 y se bajaba la sección de Policiales entera, sin parar de escribir. Después lo venía a buscar el editor de Internacionales, le traía cables y el alemán se bajaba unas 40 líneas sobre el Líbano, también, sin respirar entre espacios, comas y palabras.

“Todos lo querían por una simple razón: nadie le veía chapa para ser secretario de redacción. No era competencia para nadie. Porque para ascender en un diario – es decir, para ganar más plata y tener un mejor cargo – tendría que dejar de ejercer su mayor pasión y oficio: la escritura, para convertirse en otra cosa”, cuenta Jorge Asís, en su libro Diario de la Argentina en el que habla largo y tendido sobre el mítico Gottling.

En los diarios, los jefes de sección le encargan notas a los redactores, después las titulan, corrigen, acomodan, planifican la agenda del medio y demás. En algunos casos, cada tanto, los editores escriben una nota por semana. A veces ni eso. En esencia, su función es otra. Pueden escribir, pero su trabajo es otro.

Es paradójico que quienes lleguen a un diario por sus cualidades como cronistas de raza, deban abandonar ese oficio para crecer profesionalmente. Pareciera que el sistema te obliga a hacer algo para lo que no te formaste.

Y es triste, pero así funciona la cosa, no sólo en el periodismo. En mis épocas de estudiante primario compartí un viaje con la directora de la Escuela n° 8 de Vicente López, donde luego me recibí. Ella me contó que amaba la docencia, que había estudiado para eso, sin embargo desde la dirección de un instituto educativo se aleja de la práctica de dar clases. Pero es la única forma de crecer.

Mi hermana es arquitecta y es su propia jefa. Hace lo que siempre soñó: presupuesta obras, diseña los planos, contrata obreros y las construye. Probablemente le vaya bien y crezca. Eso le implicará la famosa división de tareas: que otro arquitecto haga los planos y que algún otro supervise dos o tres obras mientras ella dirige su estudio y decide qué pasos dar, en qué municipios meterse y qué es lo más rentable.

Abandonará los planos por las plantillas del Microsoft Excel. Apenas será una editora de otros arquitectos que le llevarán sus planos y ella les dirá “ahí sí, ahí no”.

Es algo que pasa en todas las empresas, pero en el caso de los empresarios es distinto. Porque la definición básica de su trabajo es incrementar ganancias. No importa demasiado la tarea, importa el incremento de su salario o la productividad de su laburo. Pero cuando la regla se entromete en el oficio, la cosa se vuelve triste.

Triste, pero real. Tan real y naturalizado que decimos “pero eso es obvio”, como si no mereciera sentarnos a observarlo.

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