La sustancial diferencia entre fama y prestigio

JenniferLopezAyer me tocó ir a entrevistar a Florencia Peña a Ideas del Sur, la productora de Marcelo Tinelli. Llegué a eso de las tres de la tarde, concentrado en la tarea que tenía que cumplir. De entrada, se observaba un puñado de fans que aguardaban, con ansiedad, en la puerta de “ideash” la salida de alguna figura para lanzarse encima a pedirle un autógrafo. Al mismo tiempo, las puertas del edificio se abrían para que unos dos o tres carilindos -de esos que conoces porque alguna vez los viste en la TV- salieran de la cúspide de la frivolidad rumbo a un taxi para que los devuelva a sus tristes vidas.

Hay quienes afirman que el fenómeno televisivo se construye en un set de TV. Ignoran que la comunicación es un derivado inmediato de la cultura en la que está inmersa. Con palabras más adecuadas se lo pregunté al conductor Mariano Iudica.

“Nosotros trabajamos para hacernos cada vez más famosos. El que te dice que no te esta mintiendo”, respondió y completó: “Si tenes que cambiar tu forma de hablar, o cambiar tu look o comportarte de otra manera, lo tenes que hacer, ese es nuestro trabajo”.

Hasta el mismo conductor que aparenta una gran superficialidad entiende lo que muchos apasionados por la comunicación aún niegan. No son las figuras de la TV los que hacen la televisión. Tan sólo son un reflejo de los valores y convenciones socioculturales de los consumidores de esos productos. Es decir, son lo que la gente quiere ver. Tinelli vende el plato de comida que cualquiera de nosotros comería todos los días.

Lo que se observa en los pasillos de la productora no es muy distinto a lo que se ve por la pantalla. Desde la recepcionista hasta los utileros, todos responden a las reglas del juego televisivo. No hay lugar para gente “fea”. Todos le dedican una buena porción de su vida a su propio cuerpo y se nota.

Detrás de la sonrisa y el cuerpo esbelto se esconde lo peor: la codicia, la necesidad de fama, fortuna y poder. Así como se pondrían cualquier pilcha, practicarían cualquier actividad. Cantarían, saltarían y hasta caminarían con la cabeza en el suelo enfrente de una cámara de TV. Harían todo lo que sea necesario.

Lo sospechan, lo saben, pero es mejor no verlo. La fama dura, en el mejor de los casos, lo que tarda en salir una cana o una arruga. Iudica hoy es famoso, pero dentro de 65 días podría ser el muchacho que alguna vez estuvo en la tele.

Quizás algún día entiendan la sustancial diferencia entre fama y prestigio. Una es esporádica y la otra permanente. Una se gana y se pierde, la otra se construye. Puede haber fama sin prestigio y prestigio sin fama. También pueden darse juntas o bien ninguna.

La diferencia se gesta en que la fama nace del reconocimiento. Y quienes buscan la fama viven para el pensamiento ajeno. Por el contrario, quienes construyen prestigio lo hacen a la inversa: viven para sus propias habilidades, las explotan, trabajan y mejoran; el reconocimiento llega por añadidura del trabajo. A veces llega la fama, y así como viene se va, pero el prestigio queda.

Ayer encontré en Ideas del Sur un micromundo extraño, donde Dios se llama Marcelo Hugo y la práctica religiosa es venerarlo, dentro de una cultura frívola donde todo se basa en lo más efímero que tiene el hombre: el cuerpo. Y es preocupante porque, como dice Iudica, son lo que nosotros queremos que sean. Podríamos elegir cualquier otra cosa, pero los elegimos a ellos.

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