Reflexiones sobre las lágrimas de Once

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Una multitud copó la Plaza de Mayo. Eran víctimas, familiares de víctimas, conocidos de los familiares de las víctimas, pero por sobretodo autoconvocados; autoconvocados como vos, como yo, como él. Personas que hace tiempo tenían la sospecha pero el sábado 22 de febrero de 2012 lo comprobaron: la corrupción mata. Y lo hace de la peor forma, cuando menos te lo esperas y de un modo inevitable.

Distinto a otras manifestaciones, esta vez no me tocó cubrirla desde los mismo lugares. Seguí los homenajes desde la redacción haciendo la otra parte de la cobertura. Rodeado de otros redactores, algunos editores, uno o dos programadores, en un lugar con muchos escritorios, cajones, televisores y teclados, era difícil no emocionarse mientras los papás de Lucas Menghini Rey -la víctima 51 de la tragedia- brindaban un emotivo discurso a dos voces que atravesó la redacción de pe a pa.

A las 22 le entregué la última nota al editor, entonces aproveché la cercanía y me rajé para la Plaza. En 2011 empezó mi carrera en el periodismo profesional y, en poco tiempo, el oficio me acostumbró a ir a cubrir protestas en las que se observan multitudes descontentas, insultos, bombos, cerveza y ruido, mucho ruido. Pero esta vez era distinto. La puesta era realmente conmovedora. Si había algo que faltaba era consuelo. Toda palabra, todo silencio remitía al dolor.

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En distintas ocasiones lo observé a Paolo Menghini, un tipo que desde hace un tiempo se ganó toda mi admiración. Y lo que reflexiono seriamente es por qué no fanatizarse con tipos así. Por qué los músicos adictos o los deportistas con talento se ganan la admiración de todos y estos tipos no. Paolo, María Luján, como todos los familiares de las víctimas, ya no luchan por sus hijos porque los han perdido. Luchan por nosotros. Pequeños grandes héroes que quizás alguna sociedad con una conciencia más desarrollada pueda valorarlos. Estoy seguro que no los merecemos.

Pero eso no fue lo peor. Parado, en Diagonal Sur, viendo a la multitud y a unas cuadras de la editorial, me acordé de otra cosa. Esta semana, uno de mis compañeros de Perfil.com, Diego Gueler, se estuvo cocinando una rica investigación sobre los Cirigliano (dueños de TBA, imputados en la causa por la tragedia). Al momento de escribir estas líneas ya se publicó la primera nota, pero son varias.

Por casualidad, en uno de estos días me pidió que lo ayudara a transcribir cifras. Yo agarré el papel y empecé a dictarle. Eran monumentales. Millones y millones. Cuando terminamos, me contó que eran los subsidios que el Estado le daba a la empresa dueña de la concesión del servicio. Y lo peor: no disminuyó después del accidente, no cambió absolutamente nada de nada luego de las 51 muertes.

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Para que un cambio se produzca, tiene que cambiar la sociedad en sí. Para que la política valga dos con cincuenta, tenemos que valer dos con cincuenta nosotros. Es dificil pedirle a un político que no se robe el 30%, cuando las mismas personas que representan prefieren no pagar el subte, se sienten mejores por rebajarle el costo a una camisa o arreglan con el dueño de la casa que alquilan para no pagar impuestos.

Parado, ahí, rodeado de gente, tenía frío y me acordé de eso. Me acordé de una pregunta que me hizo un amigo K: “¿votarías a favor o en contra del memorandum con Iran?”. Yo le respondí que “depende de cómo lo quieras ver”. Y le expliqué que por un lado votaría a favor. Porque es ese memorandum o nada. Es algo malo o el olvido de una causa histórica. Y si en este país las intituciones sociales funcionaran correctamente, entonces votaría en contra.

Cuando me preguntó por qué, le dije que el memorandum no establecía fechas, no incluía a las dos personas que verdaderamente investigaron el caso y, ya que le da lugar a la “comisión de la verdad” hasta podía representar una suerte de impunidad para Irán, si es que ellos la estaban buscando.

“¿Entonces qué votarías?”, volvió a interrogar. Y le tuve que responder que sí. Votaría a favor, porque no se puede pensar en que algo se haga bien entre tanta basura. Y me puso mal. Porque de eso me acordé justo cuando esta ahí, en la Plaza, en la esquina de Diagonal Sur y reflexionando. Sentí que ese dolor, esa impotencia, por primera vez le habían ganado al optimismo. Le había ganado al sí se puede. Y eso duele. Duele mirar al futuro y no ver nada bueno en él.

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Una frase que escuché durante el día me dejó marcado: “Nosotros también somos víctimas del terrorismo. Pero de un terrorismo empresarial que creció al calor Estatal”. La complicidad de los funcionarios con los empresarios sólo les otorga impunidad a ambos. Si caen unos, caen ambos y mientras tanto, todos -vos, yo, él- en el medio. Y el problema de por sí difícil de solucionar, se transforma en un imposible.

Es sabido que el primer paso para llegar al conocimiento es reconocer nuestra propia ignorancia. Y es imposible que se pueda resolver un problema que las mismas personas que tienen que hacerlo, niegan. Lo mismo pasa con el Indec y con tantas otras cosas que uno ya pierde la cuenta.

Y uno trata de esperanzarse y encontrar algo positivo. Repasa qué fue lo que hicieron las autoridades en estas últimas horas. Y lo único que recuerda es que la Asignación Universal ya quedó vieja, recuerda que hace menos de 24 la propia presidenta, frente al dolor de las víctimas de la tragedia, lanzó un canal deportivo. Es decir, ante el dolor, ante la mugre, pan y circo.

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Entonces se acuerda que casi la única persona con capacidades de gestión que tiene este gobierno está al frente de los transportes ahora. Randazzo viene de hacer grandes avances en su ministerio. Pero repasa, brevemente, y se acuerda que instaló televisores, pintó los trenes y creó aplicaciones para Iphone. Es decir, ante los trenes oxidados y los frenos gastados, pintura. Otra vez, pan y circo.

Ahí, parado, con frío y reflexionando, el dolor le ganó a la persona y los ojos rojos de la redacción se transformaron en lágrimas. Y cuando hay lágrimas ya no se puede pensar, no se puede reflexionar, no se puede tomar nota ni filmar, no hay posibilidades de trabajar seriamente. Fue entonces cuando sentí que mi estadía en la Plaza se había terminado de forma temprana.

Di media vuelta y me volví. Me subí al subte con ganas de ser de piedra, entristecido me subí a tren, caminé derrotado hasta mi casa tratando de rescatarme. Que nadie se dé cuenta de nada. Pensemos en positivo y olvidemoslo todo. Entré, la saludé a mi hermana y subí a mi cuarto. Prendí la tele y todo continuaba. Ya no había lágrimas y volví a mi premisa inicial: si quiero que las cosas mejoren, tengo que mejorar yo. Sí, here we go again.

 

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