La sociedad en red busca una nueva forma de democracia

No les gustan los dirigentes que están pero tampoco quieren que se vayan. Protestan contra medidas y particulares comportamientos de las autoridades, no contra gobiernos. Quieren participar y por eso salen a la calle pero no tienen ni quieren tener a nadie que los represente, prefieren hablar ellos sin asumir un compromiso -ni de acción ni de pertenencia- que, entienden, está delegado mediante una democracia representativa.

Inquieta a todos qué es lo que pasa con estas protestas en Brasil y en Argentina. Pero seamos cuidadosos, no son comparables de un modo directo por el solo hecho de que estamos hablando de dos países distintos donde operan otros mecanismos socioculturales y distintas coyunturas políticas.

En Brasil todo se desató con una suba en el valor del transporte público en medio de un gasto infernal por anfitrionar el Mundial 2014. Y no es para menos: según informó hoy PERFIL un paulista necesita trabajar casi 14 minutos para pagar un pasaje, mientras que a un porteño le alcanza con menos de dos minutos. Es decir, la primera media hora de los ocho de trabajo se la destinan a pagar el viático.

Cuando había que subir las tarifas de transporte en la zona metropolitana de Buenos Aires, Randazzo fue inteligente y convocó a Mauricio Macri y a Daniel Scioli para conformar una “comisión de transporte metropolitano”: no quiso asumir el costo político que significa una medida tan antipopular.

Hay quienes afirman que estas protestas son una consecuencia lógica al proceso de crecimiento que vivió Brasil en la última década. En mis días de estudiantes secundarios recuerdo que una docente de Historia dio una clase titulada: “El negocio de la pobreza”. La profesora habló sobre clientelismo y dominación política a partir de la desigualdad en las condiciones económicas y educativas: “Darle una mejor educación a millones de personas las hace más dificiles de dominar. Por eso es mejor, para los gobernantes, no despertar a la bestia”.

Y en Brasil la despertaron, le sacaron la venda de los ojos. En los últimos diez años 30 millones de personas abandonaron la pobreza extrema y se incorporaron a la clase media. Ahora, no todos pero sí una cantidad inconmensurable, reclaman en las calles por lo que ven y son capaces de juzgar: corrupción, gastos injustificados que se contrastan con primeras necesidades, mejor educación, falta de criterio en sus gobernantes, etc.

Se trata de una actitud muy madura por parte de su sociedad: aquí nadie se quejó cuando el kirchnerismo decidió llevar adelante el plan Fútbol Para Todos que costó, en tres años, 4 mil millones de pesos, según informó el Estado en el Boletín Oficial. Aquí estaríamos festejando por tener en nuestro país a las mejores figuras del deporte mundial. Estaríamos pagando en cuotas alguna entrada para la final.

De todos modos, como escribí al principio, no son comparables los casos de una manera directa. En este punto en particular porque -según un estudio de la Universidad de San Pablo- las tres competencias internacionales demandarán al Estado brasileño un gasto público de 33 mil millones de dólares. Pero de acuerdo a estimaciones oficiales recuperarían 80 mil millones de dólares sólo con el mundial. Es decir, el reclamo no es netamente económico.

Cuando cubrí el 8N me sorprendió una manifestante que lanzó no menos de 30 insultos en 3 minutos de entrevista a distintos funcionarios K. Mi última pregunta: “Bueno, ponele que Cristina se va. ¿A quién ponemos?”. Respondió: “No, no quiero que se vaya, quiero que escuche”.

Y Cristina no escuchó. Eligió, en cambio, el ninguneo. Pero esta vez sí, la comparación es inevitable. Dilma, con cercanías ideologicas a CFK, se comportó radicalmente distinto: se reunió con todo su gabinete y brindó una cadena nacional en la que anunció que da marcha atrás en sus medidas y dijo que recibirá a los líderes de las protestas.

Las diferencias en el comportamiento de ambas no son nuevas: luego de la tragedia de Kiss, boliche que dejó a 230 víctimas fatales en febrero pasado luego de incendiarse, Dilma acudió el mismo domingo a consolar, en persona, a los familiares. Lloró con ellos. Eso hizo que Dilma brille y el pueblo “redescubra” -según narran los cronistas locales- una nueva imagen de su presidenta. Luego de la tragedia de Once, que dejó 52 muertes, Cristina también brilló. Pero lo hizo por su ausencia.

Para entender un poco qué es lo que está ocurriendo en estos países pongo el mote de lectura obligatoria a esta entrevista a Marina Silva, una dirigente que representa muy bien el proceso de crecimiento que vivió su país. Silva era analfabeta a los 16 años y llegó a ser ministra del gobierno de Lula Da Silva. Hoy es quién mejor mide en las encuestas después de Dilma.

“No sé cómo evolucionará el movimiento. La sociedad en red está buscando una nueva forma de realización de la democracia. Estamos asistiendo a la gestación de nuevas formas de realización de democracia a nivel mundial“, respondió Silva al corresponsal de La Nación en Brasil, Alberto Armendáriz.

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Marina Silva: “Estamos ante un punto de inflexión”

RÍO DE JANEIRO – Desde que en las elecciones presidenciales de octubre de 2010 sorprendió al cosechar el 20% de los votos como candidata del Partido Verde, la ambientalista Marina Silva se convirtió en la voz de la esperanza para una creciente porción de los brasileños.

Hoy, pese a que todavía no tiene un partido político que la respalde -su Red Sustentabilidad está en pleno proceso de recolección de firmas-, su nombre aparece invariablemente en el segundo lugar de las encuestas sobre preferencias del electorado para los comicios del año que viene, en los que la mandataria brasileña, Dilma Rousseff, buscará la reelección.

Y durante las protestas de la última semana, muchos de los manifestantes expresaron de manera espontánea su nombre como un modelo político a seguir.

¿Qué piensa sobre ellos esta hija de recolectores de caucho de la Amazonia, analfabeta hasta los 16 años, que luego se convirtió en legisladora y llegó a ser ministra de Medio Ambiente durante el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva? En una conversación telefónica con LA NACION, Silva, de 55 años, intentó poner en contexto lo que está sucediendo.

¿Qué interpretación hace de las protestas de los últimos días en Brasil?

Es un movimiento que busca un nuevo protagonismo político; está surgiendo un nuevo sujeto político que es parte de una movilización que ocurre en el mundo entero, descontenta con el poder por el poder, el dinero por el dinero. No es como los sujetos políticos del pasado, en los que existía un activismo dirigido por los partidos o por líderes carismáticos. Hoy vemos un activismo no dirigido, no autoral; tenemos muchos individuos unidos por un ideal más genérico -justicia, libertad-, que protestan por un mosaico de cuestiones.

¿No hubo en Brasil un fuerte proceso de inclusión social en la última década?

Tuvimos avances innegables: hubo una disminución de la pobreza que logró sacar a más de 30 millones de personas de la extrema pobreza. Ésos son datos de la realidad. La cuestión es: ¿es suficiente? No. Los jóvenes que vemos en las calles están diciendo que quieren más y mejor educación, salud, transporte, participación política, representatividad. Es parte de la crisis económica, social, ambiental, política y de valores que ocurre en el mundo. Es una crisis de civilización. Estamos viviendo un punto de inflexión, y cuando eso sucede, tenemos posibilidad de grandes transformaciones.

¿Por qué los líderes políticos brasileños se paralizaron?

Los partidos políticos no tienen más la legitimidad de la representatividad, se transformaron en proyectos de poder por el poder. Nuestras estructuras políticas quedaron estancadas en el tiempo y eso está en evidencia en todos los países. El problema es que los que son parte de esas instituciones no consiguen percibirlo, continúan haciendo más de lo mismo.

¿Hay riesgo de que la protesta acabe en mayor violencia?

No tengo dudas de que el 99% de los manifestantes son pacíficos. Hay grupos que realizan actos violentos y acaban acaparando la atención. Pero no es justo decir que las manifestaciones son violentas. No sé cómo evolucionará el movimiento. La sociedad en red está buscando una nueva forma de realización de la democracia. Estamos asistiendo a la gestación de nuevas formas de democracia a nivel mundial.

¿La presidenta Rousseff está haciendo una lectura correcta de los hechos?

No lo sé, pero no podemos pensar que las respuestas tienen que venir sólo de la presidenta o del gobierno. Yo creo en un Estado movilizador, capaz de promover lo mejor de las fuerzas vivas de la sociedad, de los empresarios, de las universidades, de la juventud, de todos los sectores. No sé cómo evolucionará el movimiento, creo que es preciso no tener tanta ansiedad; hay que saber hacer una lectura correcta de lo que sucede sin querer sacar inmediatamente una ventaja, sin ponerse en el lugar de quien tiene todas las respuestas.

¿Es optimista respecto del futuro de Brasil?

Ni optimista ni pesimista, sólo persistente. Persistente en buscar un mundo mejor, posible. Eso depende de un gran esfuerzo, de trabajo, de diálogo, de escuchar a los demás. Tenemos que buscar elaborar las experiencias que nos trajeron hasta aquí para realizar un cambio transformador de nuestro país, de nuestra civilización.

(*) Nota publicada en el diario La Nación.

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