Mis contradicciones sobre la Ley de Medios

1029_cristina_magnetto_g1.jpg_1735720609Con la Ley de Medios, que en estos días se encuentra nuevamente en agenda tras el fallo de la Corte, me pasan cosas contradictorias. Estudio Comunicación, me apasiona el periodismo y trabajo profesionalmente en él, fui y soy alumno de muchos co-redactores de esta ley. Pero, por esas cosas de la vida, preferiría que estemos hablando de otra cosa. No sé. Me siento raro. Pero preferiría que hablemos de otra ley.

Y la contradicción es aguda. Pienso que esta ley tiene cosas interesantes. Pienso que es buena, que desde el abstracto sería algo positivo que se aplique tal como está pensada. Pero a la vez, y no me pregunten por qué me pasa esto, también creo que es lo que cualquier Poder Ejecutivo corrupto e ineficiente quisiera que pase. Y eso es malo. Te lo explico sólo con la siguiente sentencia: imaginate que se da lo que la Ley de Medios busca y entonces hay mayor diversidad de propuestas y se fragmenta la audiencia en porciones menores al 35%. ¿Entonces qué fuerza tendrá una investigación sobre el patrimonio de Massa, Binner, Scioli o Macri? (N. de R.: Alguno de ellos será presidente en 2015).

Esto ya nos pasó, maduremos un poco: Lanata dijo ayer que si no fuera por él nadie se hubiera enterado, por ejemplo, de Lázaro Báez. Mentira. El 15 de abríl, día después de su informe, llegué a la redacción y puse en el archivo de la Editorial Perfil las palabras “Lázaro Báez” y había 237 notas que desde 2006 hablaban de lo que hoy se conoce como ‘la ruta del dinero K’. Sólo que la audiencia estaba muy fragmentada y Lázaro Báez seguía siendo, para todos, nadie.

Yo creo que la Ley de Medios es cosa del pasado. Creo que lo más positivo de esta ley fue la discusión que se generó en torno a quienes financian los medios. Ayudó a ilustrar a la opinión pública y a dejar de leer el diario de una forma ingenua. Es verdad que también generó el exceso. Y lo vivo, muchas veces, en carne propia. Sin ir más lejos, ayer mismo, una amiga de toda la vida me mandó un mensajito de Whatsapp para saber cómo me estaba yendo en el diario. “¿En Perfil te dicen lo que tenes que escribir?”, me preguntó, con toda inocencia. Me cuesta todavía reconocer que el kirchnerismo, a base de millones, logró instaurar esa idea o naturalizarla como para que se le genere la duda a mi amiga, como a tantos otros. ¿A caso algún periodista trabajaría en un lugar donde Magnetto, o Fontevecchia, le dictan al oído?

Pero reconozco que alguna vez me pasó a mí. Hace ya dos años, creo que fogoneado en algún punto por el efecto 678, le propuse una nota a un editor pensando que me la iba a rechazar por cuestiones políticas: pensaba entrevistar a un barrendero moyanista justo cuando, a mi juicio de principiante, el diario venía haciendo una cobertura desfavorable del moyanismo. Lo encaré, le dije que para mí era nota por dos motivos puntuales. Ni siquiera fui para que me dijeran que sí, fui para saber cómo me la iban a rebotar. Si me iban a decir que estaban sin tiempo, si estaban sin agenda, o algún chamullo elegante. Sólo estaba, sonriente yo, queriendo llegar a ese momento. Bueno, acá está publicada. Hoy creo que en ese momento no sabía nada. Probablemente en dos años recuerde este día de la misma manera.

Por si no quedó claro: jamás, nadie, nunca, ni por casualidad, me pidió, dijo o insinuó, nada. A Fontevecchia -el Magnetto de Perfil- lo conocí hace tres semanas. ¿En una reunión secreta con el staff de política de la editorial? No, en el ascensor. Hablamos dos palabras sobre una de sus columnas del domingo anterior hasta que llegamos al piso nueve, me despedí y me fui a la redacción. Él siguió para el 14.

¿Editorial Perfil es la cúspide de la libertad de expresión en Argentina? En principio no soy yo quien debe responder eso. Pero, ya que insistís y me preguntás a mí, te digo que en Perfil faltan muchísimas cosas. Entre otras faltan más periodistas, grabadores, computadoras, tecnología, integración, economía, salarios, departamento de márketing, pauta oficial, capacitaciones. Pero no libertad política. Lo dicen mis jefes, lo dice Ceferino Reato, lo dicen los que se van y los que me aconsejan que me vaya.

Y digo que la Ley de Medios es cosa del pasado cuando aún nadie sabe si se llegará a aplicar. Lo digo cuando Clarín está excedido en, al menos, trescientas licencias; cuando Cristóbal López compró ilegalmente C5N y Radio 10 como si en el texto de la ley no hubieran puesto mil veces la palabra “intransferibles”; cuando un grupo español tiene Telefé y un mexicano Canal 9. Digo todo esto cuando la Ley de Medios es sólo una idea que aprobó el Congreso y ratificó la Corte. La Ley de Medios es cosa del pasado.

Hace unas semanas hablaba Andy Jud, periodista que trabaja desde Estados Unidos, y me contaba que allá la agenda es muy variada: que una semana se discute de educación pública, la otra sobre espionaje estatal y al mes se está hablando sobre los drones (lean sobre este tema que es interesante). Allá la agenda va cambiando pero acá se discute siempre de lo mismo.

Y la cagada de trabajar en un medio que convive con la actualidad como una puntocom es, justamente, esa. Que cuando estas sentado hablando con un docente para escribir sobre educación pública y la inversión del país en esta materia respecto del PBI en comparación con otros países, un editor te señala la pantalla del televisor que dice “Habemus Papam”, resulta que es argentino y esa nota quedó en el olvido. También te pasa que tenes en tu agenda cinco notas sobre las elecciones y de repente estas en la facultad, abrís el tuiter y te enteras que la Ley de Medios es constitucional y ya nada de eso que tenías listo para rodar es publicable. O por los menos no ahora.

Entonces me acuerdo de una vez que entrevisté a un tipo jodido: Tomás Abraham. El filósofo se mandó un libro entero con el subtítulo de “contrarelato político” en tiempos donde todos hablan de relato K. A mí un editor me pidió media hora antes que vaya a cubrir su presentación. Con ese dato traté de armar una entrevista en lo que dura el viaje hasta la Feria del Libro. Llegué tarde a su conferencia, entonces ni siquiera pude anticiparme a saber qué tenía el libro. Pensé que era antikirchnerismo rabioso y planifiqué todo en base a eso. Pero cuando empecé a entrevistarlo me soprendió una respuesta: “Este libro es un intento de que cambiemos de tema”.

Sé que yo debería estar en mi salsa. Que no se está hablando de una reforma judicial o de gestión en seguridad. Pero quiero que cambiemos de tema. Me siento raro pidiendo esto. Raro y contradictorio porque justo ahora que preparo notas sobre esto (estoy escribiendo sobre ‘La otra Ley de Medios’). No sé si es bueno o malo, pero por lo pronto es contradictorio. Y eso no es bueno.

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