Esta nota quedará sin título

cropped-cropped-la-foto-5.jpgJuan Narcos estaba ahí. Yo recién llegaba del búnker de quien todavía festejaba su segundo puesto en la elección presidencial. Faltaban pocos minutos para que se hagan las dos de la mañana. Era la segunda vez que pisaba esa redacción, pero mi primera cobertura periodística en tiempo real. Y volaba de nervios, pero lo disimulaba bien. O eso creía. Juan Narcos estaba sentado en los escritorios negros, de los editores, junto a otros dos. “Publico Alfonsín”, gritaba. “Diego, atento por si habla Carrió”, le indicaba a otro. “¿Te gusta este título?”, le preguntaba a su compañero, de aspecto japonés. Todo el diario trabajaba para cubrir las elecciones presidenciales del 54%. Y Juan Narcos, ese treintañero de look oficinista y rostro gringo, estaba inquieto.

Pude conversar con él en el taxi, unos pocos minutos después. Tardé menos en meter la pata. “¿Y nunca te interesó hacer notas, ser más periodista?”, le pregunté. Se quedó callado y miró para el frente. Quedé como un tarado. ¿Acaso el tipo que está escribiendo títulos, pensando notas y editando la home de uno de los sitios más leídos del país puede ser más periodista? En ese momento, de pibe ingenuo que lee a Leila Guerriero, creía que sí. Sobre esta polémica pude conversar con él unos años después.

A los dos meses, Juan Narcos me editó por primera vez. De nuevo, yo volvía de cubrir un acto de Moyano. “Rapidito, cómo se vivió el acto por dentro, me tenes que contar todo el color”, me dijo. “¿Rapidito para cuando?”, le pregunté. “Ehh.. para hace diez minutos”, respondió. Juan Narcos no sonrió. Miró su monitor y dijo “andá”. Ese era su modus: te daba unos cinco minutos para moldear el sumario y después te despachaba con esa palabra. “Andá”, decía.

A la media hora pasó por mi escritorio. Leyó los cinco párrafos y empezó a armar el rompecabezas. En un momento, mientras leía mi segundo párrafo, se cagó de risa, pero mi texto no tenía chistes. De inseguro, yo le dije que tenía mucho más material, que en 10 se lo entregaba. Estaba seguro que lo que había escrito era un desastre, y quería salvar la situación. Pero Juan Narcos no es boludo. Me pidió que le mandara la nota y que me siente al lado de él. Sólo me hizo ver cómo la editaba. “Me reía porque pusiste ‘pasarela’ con doble ‘L’, te confundiste al presidente de River con el lugar por donde desfilaban los camioneros”, me explicó. Juan Narcos ya se había dado cuenta de todo.

Juan Narcos es completo. Es el último de lo antiguo y, al mismo tiempo, el primero de lo nuevo. Se formó con las reglas del periodismo precámbrico, pero tiene las habilidades de un periodista de las hipermediaciones. Pertenece a las dos generaciones. Y Juan Narcos lo sabe. A veces necesita imprimirse un texto para editarlo. Otras veces te arma una infografía interactiva o te plantea una campaña para las redes sociales. Pero recién ese día, cuando volvía de escuchar a Moyano, empecé a conocer esas dos facetas.

“Mientras yo termino de editar esto, ponete con los videos que trajiste y seleccioná los mejores testimonios para hacer otra nota”, me indicó. Me senté otra vez en mi escritorio, me hice el que entendía, escuchaba y tomaba nota. Transpiré mucho. Me dio verguenza, pero tuve que volver a él a los 10 minutos: mi estrategia fue ocultar que no entendía nada de nada y me limité a decir que no entendía sólo lo que él necesitaba. Juan Narcos se volvió a sentar conmigo y me explicó todo otra vez: desde cómo tiene que empezar un video para medir bien en YouTube hasta cuáles son los valores noticia. Hicimos un gran video.

Juan Narcos es pedagógico. Claramente mi trabajo era muy amatéur. Todo lo amatéur que puede ser el texto de un pibe de 19 años al que nunca le enseñaron nada de periodismo, y tampoco recibió los hachazos de un editor. Aún así, siempre, al final del día, me decía “buen trabajo”. Pero Juan Narcos no disimulaba bien: se notaba que sólo quería motivarme. En verdad, tardé más de un año para que lo dijera en serio. Y lo dijo a lo grande.

Juan Narcos un día me felicitó. No lo hacía muy seguído con nadie. Me lo habían alertado: “Te va a ayudar a pulir bien la redacción, es meticuloso y exigente, pero no te va a regalar elogios”. Pero el día llegó. A las cinco de la tarde me pidió que vaya al acampe que mantenían los gendarmes, en reclamo de una mejora salarial. Quería una crónica que le pueda servir para estar toda la noche en la zona alta de la home. La necesitaba para las nueve. Fui, miré, conversé, anoté; llegué, escribí y se la mandé. “Gran nota. Casi me largo a llorar, boludo”, me respondió. Después la tuitió. Ese día fui corriendo al chino: compré coca, ferné y maní. Lo llamé a mi hermano y se lo conté. Lo tenía que festejar. Juan Narcos me había felicitado de verdad.

Juan Narcos es todo. Una vez que me incorporé como periodista del medio, no tardé mucho en darme cuenta de eso. Desde pensar un nuevo publicador, pasando por un PNT en el fondo de la home hasta la fractura de la aleta de un ventilador, nada de lo que pasa en la redacción es ajeno a Juan Narcos. Tiene que ver en todo y todo, en algún momento, termina en él.

Compartí mucho con Juan Narcos. Sobre todo los domingos a la tarde, cuando éramos los únicos premiados por el periodismo que tecleabamos en la redacción. Yo llevaba temas para hablar con él. No quería desperdiciar ese tiempo. Él llevaba galletitas y hablaba. Se ponía rojo y repetía “las bolas” cuando discutíamos de algo de lo que él estuviera convencido. Para otros temas sabía decir “no sé”.

Juan Narcos me enseñó mucho. Casi todo. Un día me regaló un libro de Gay Talese. Hizo una analogía entre lo que le impresionaba al autor de Nueva York, como las pavadas que me llamaban la atención a mí de haberme mudado a vivir sólo en Almagro. Todo para hacerme leer ese libro, porque no soportaba que uno de sus pichones no haya leído Gay Talese y hable de periodismo.

Juan Narcos no es perfecto. Le critico muchas cosas. Siempre me preguntó y yo siempre se lo hice saber. Muchas veces me quejé de sus títulos. A veces del frío que hacía en su congelador, ahí donde mandaba ideas y notas que no le gustaban. Otras, de cómo manejaba el sistema de premios y castigos. En el momento del reproche, se ponía duro y te explicaba por qué hacía las cosas que hacía. Pero tomaba nota de todo y modificaba sobre la marcha. “Somos humanos”, decía. “Todo no se puede”, repetía.

Juan Narcos no es narco. Lo contó una vez y nos reímos todos. Siempre tuvo un leve trastorno con su nombre. Hay gente que le escribe mails como Juan Carlos. Otros le dicen “Juan Manuel, te recuerdo que”. Casi todos pronuncian mal su apellido, de origen francés, pero que todos lo repiten como italiano. A esa gran confusión se sumó el Estado. Por esas bondades de la burocracia nacional, después de hacer los veinte trámites para obtener el DNI, a Juan Marcos le pusieron de nombre Juan Narcos. Sí, en el DNI. ¿Se imaginan a alguien que entrega su documento y dice “Juan Narcos”? Sin embargo no le causó problemas de identidad. A mí me dio mucha identidad como redactor: cada vez que me sentía con dudas sobre lo que hacía, me faltaban cinco para el peso, le pedía una soga a Juan Narcos. Y Juan Narcos me hacía sentir periodista.

Juan Narcos ya no estará ahí. Escribo esto apenas unas horas después de haber leído el mail en el que dice que ya no formará parte de la redacción: se va a otro trabajo. Primero quise poner en práctica una de las premisas que me llevó al periodismo: cuando estás al tanto de algo, de algún modo, sos responsable de eso; por el contrario, si no lo sabés, no existe. Quiero decir que pensé en borrar el mail, hacer de cuenta como que nada había pasado, esperar a que llegue el lunes y las cosas, solas, se vayan acomodando.

Pero no, porque a Juan Narcos lo voy a extrañar siempre. Porque se preocupaba cuando te largaba tarde, pasadas las once de la noche, y te tenías que volver sólo a casa. Y porque te tiraba cinco ideas de notas cuando se acercaba la hora del cierre y sólo tenías la hoja en blanco y las incógnitas. Yo soy de los que piensa que el maestro llega sólo cuando el alumno está preparado. Creo que Juan Narcos era lo que yo necesitaba: alguien que sepa ponerme límites, me ayude a construir una identidad y un criterio como profesional; que me aporte esa cuota de seguridad de que el camino está al frente de uno. Al mismo tiempo, yo era lo que todo editor-docente quiere tener: alguien que te escucha y no tiene miedo de desafiarte, aunque nunca tenga razón en nada.

Pienso que pude exprimir tanto a Juan Narcos porque compartimos dos filosofías fundamentales: somos ese mismo tipo de engendro que, sin verbalizarlo, cree en la justicia silenciosa. De esos que caminan con el viento en contra con mucho esfuerzo y no se fijan por qué el de al lado corre tan descansado. Sabe que, tarde o temprano, termina llegando primero aquel que parecía un boludo por hacer las cosas bien. Lo otro, es eso de lo que tanto renegamos: un profundo amor por el periodismo, esa toxína que algún día nos volverá a cruzar.

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